LA DEPRESIÓN Y SU SIGNIFICADO

LA DEPRESIÓN Y SU SIGNIFICADO

Desde nuestra cultura se considera la depresión como una enfermedad mental que hay que eliminar cuanto antes. De esta manera se pierde la posibilidad de descubrir cuál es su significado. Los enfoques exclusivamente centrados en la erradicación de los síntomas, nos impiden advertir los mensajes que encierra acerca de la relación que mantenemos con nosotros mismos, con el mundo y con la vida.

Para curar la depresión deberemos empezar a considerarla como una oportunidad para superar los obstáculos que nos impiden el logro de una vida más plena. La depresión es una pérdida de la apertura y de la sensibilidad básica a la realidad en la que se asienta la salud y el bienestar, y que nos permite relacionarnos inteligentemente con la vida. La necesidad de erigir complicados sistemas de defensa para protegernos de la realidad, no hace sino mostrar la extrema sensibilidad de la mente y del corazón abiertos. La bondad del corazón y su sensibilidad a la vida es incondicional, no es algo que tengamos que lograr o demostrar.

 

La génesis de la depresión

La depresión aparece cuando dejamos de experimentar la bondad y vitalidad de nuestro corazón, y es un sentimiento de pesar y opresión que muy a menudo se deriva de la represión del enfado y del resentimiento.

Cuando no expresamos nuestro enfado, éste se acaba estancando y convirtiéndose en amargura. Las personas deprimidas mantienen en su interior esta amargura y le dan vueltas hasta acabar enfermando. Comienzan perdiendo el contacto con su bondad esencial y acaban convencidas de que ellas o el mundo son intrínsecamente malos.

Este proceso tiene que ver con pérdidas. La primera pérdida es la del corazón que suele originarse en la sensación de tristeza o fracaso que acompaña a ciertas pérdidas concretas, pérdidas tales como la pérdida de un ser querido, de un trabajo, de nuestras ilusiones más acariciadas, de nuestras posesiones, de la autoestima o de alguna pérdida que se remonta a la infancia.

Estas pérdidas son las que socavan los puntos de referencia estables que proporcionan seguridad y significado a nuestra vida, pérdidas que las personas deprimidas suelen interpretar de un modo muy personal, culpándose por ellas. De esta manera acaban desconfiando de sí mismos y experimentando una sensación de ineptitud y de pérdida de control.

El sufrimiento que se deriva de algún tipo de pérdida y la creencia de que ése es un problema estrictamente personal, es decir, de que en ellos hay algo intrínsecamente malo que, en consecuencia, no pueden modificar.

Cuando las personas creen que su sufrimiento es el signo de que en ellos existe algo esencialmente malo, resulta demasiado doloroso abrirse a estos sentimientos. Es por este motivo por el que acaban alejándose de su dolor, por lo que no hacen más que congelar el dolor y consolidar la depresión.

 

Las tres marcas de la existencia

Los puntos de referencia aparentemente estables en los que habitualmente asentamos nuestra seguridad están desvaneciéndose continuamente. Esto tiene que ver con tres aspectos primordiales de la existencia humana:

  • La impermanencia.

El hecho de que nada permanece siempre igual. En el plano externo nuestros cuerpos y el mundo físico están en un continuo proceso de transformación, mientras que, en el plano interno, nuestros estados mentales y emocionales nacen y mueren instante tras instante. Cada estado mental comienza como una nueva realidad que a los pocos minutos, se ve reemplazada por otra realidad diferente. No existe ningún estado mental que sea completo o último.

  • La ausencia de identidad del Yo.

Se deriva de esa omnipresente provisionalidad. Como todo lo demás, el yo que creemos ser se halla también en un continuo proceso de cambio. Aunque la noción, de estructura egoica funcional posea un cierto valor explicativo, resulta imposible fijar, localizar o establecer una identidad egoica sustancial concreta, continua y definitiva. Y ante esta situación existen dos grandes tipos de respuesta: considerarla como una amenaza y, en consecuencia, asustarnos, o bien considerarla como la puerta de entrada a una verdad más profunda, en cuyo caso puede ayudamos a encontrar una fuente de consuelo en lo esencial.

  • El sufrimiento intrínseco a la vida humana.

El sufrimiento que acompaña al nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte. El sufrimiento provocado por el intento de aferramos a cosas que cambian continuamente; el sufrimiento de no poder alcanzar lo que queremos; el sufrimiento de vernos obligados a afrontar lo que no queremos y el sufrimiento de hallarnos condicionados por circunstancias que se encuentran más allá de nuestro control. No existe nada en la vida que sea definitivo o completo, todo se halla en continuo proceso de cambio y no podemos controlar lo que nos ocurre, de modo que la verdadera satisfacción se nos escapa de las manos.

Estos tres aspectos convergen en la condición fundamental de la existencia: La Vacuidad.

La Vacuidad

Un término que apunta a la naturaleza inapresable e insondable de la realidad. No existe nada a lo que podamos aferrarnos que nos proporcione significado, satisfacción o seguridad duraderos. Nada es lo que esperábamos o creíamos que era. En última instancia, no sabemos lo que estamos haciendo aquí, ignoramos lo que realmente queremos y desconocemos el sentido de nuestra vida. Todas estas experiencias ponen de manifiesto la verdad de la vacuidad, el hecho de que no hay nada realmente estable fuera del flujo de la realidad, nada a lo que podamos, en suma, aferrarnos.

En relación con la patología depresiva, la vacuidad solo resulta terrible y desalentadora para quien trata de lograr algo o de alcanzar algún tipo de seguridad. Desde esta perspectiva, las diferentes psicopatologías son el resultado de nuestras distintas reacciones ante el vacío y ante las tres marcas de la existencia. El paranoico es el que cobra conciencia de su vulnerabilidad y trata de culpar a los demás, “¿Quién está haciéndome esto?”, “Todo el mundo está contra mí”. El esquizoide se cierra para no sentirse afectado por las vicisitudes de la vida; el narcisista se empeña en consolidar a toda costa un yo, y el deprimido, por último, no deja de culparse a sí mismo por cómo son las cosas y por el sufrimiento que experimenta cuando descubre que la vida se le escapa de las manos.

La depresión comienza en el momento en que nos sentimos culpables de no poder mantener a raya al sufrimiento, de sentimos vulnerables o tristes, de no poder descansar en los laureles, de que el trabajo, las relaciones o cualquier otra situación mundana no nos proporcione la plenitud. Si nos diéramos permiso para adentrarnos más profundamente en cualquiera de esas experiencias podríamos despertar al fundamento abierto de nuestra naturaleza esencial, la única fuente verdadera de felicidad y de alegría. Pero la depresión se empeña en moverse por derroteros diferentes, culpándonos y recriminándonos por no poder controlar la realidad, con lo cual dejamos de sentirnos agradecidos por la vida tal cual es y perdemos toda capacidad de respuesta.

La naturaleza inapresable y abierta de la realidad no tiene por qué acabar conduciendo a la depresión. Ella es, precisamente, la que permite que la vida siga creándose y recreándose instante tras instante, la que posibilita la creatividad, la apertura, el crecimiento y la auténtica sabiduría. Si consideramos nuestra falta intrínseca de solidez como un problema o una carencia que debemos superar, esa actitud acaba volviéndose contra nosotros. Entonces es cuando caemos presas de nuestro “crítico interno”, la voz que nos recuerda de continuo que no somos lo bastante buenos. Esta actitud nos lleva a considerar las tres marcas de la existencia como la prueba palpable de nuestra culpabilidad en esa especie de juicio interno en el que nuestro crítico interno asume simultáneamente los papeles de fiscal y de juez. Es entonces cuando tomamos la visión del crítico por la realidad misma y acabamos creyendo que el mundo y nuestro yo son intrínsecamente malos.

 

¿Por qué actualmente hay tantos casos de depresión?

La moderna cultura consumista no hace sino alentar la depresión. Todas nuestras adicciones materiales reflejan nuestro desesperado esfuerzo por huir de la vacuidad. Desde esta perspectiva, la única alternativa que se nos presenta cuando el matrimonio, la riqueza o el éxito no nos resultan satisfactorios es caer en la depresión.

Aflicción o tristeza

Además del miedo y el enfado, el principal sentimiento que subyace a la depresión es la aflicción o la tristeza. Es interesante señalar que el término inglés “sadness” o “tristeza” está etimológicamente ligado a las palabras “satisfecho o saciado”, que significan pleno. Y es que la tristeza es una plenitud de corazón, un sentimiento de plenitud que aparece como respuesta cada vez que nos sentimos conmovidos por la cualidad dulce, transitoria e inapresable de la existencia humana. Esta plenitud “vacía” es una de las experiencias más significativamente humanas. La conmoción que nos provoca no saber quiénes somos y no poder controlar la fugacidad de nuestra vida nos conecta con la inmensidad y profundidad de nuestro corazón y nos invita a abandonar los puntos de referencia fijos en los que habitualmente nos apoyamos.

Si censuramos o rechazamos esta tristeza, su inteligencia vital acaba congelándose y convirtiéndose en la depresión pero, si perdemos la oportunidad de conmover y despertar nuestro corazón que nos proporciona la tristeza, acabaremos literalmente perdiéndolo.

 

¿Qué pueden hacer las personas deprimidas?

Es importante asimismo que las personas aquejadas de una depresión aprendan a relacionarse más directamente con su experiencia inmediata, instante tras instante, hasta poder llegar a establecer contacto con su corazón y ver más allá de las historias negativas contadas por su crítico interno. Y es que, cuando experimentamos directamente lo que estamos viviendo, rara vez es tan malo como lo imaginamos. En realidad, resulta imposible experimentar nuestra naturaleza como algo intrínsecamente malo. A fin de cuentas, la misma noción de maldad básica nunca es una experiencia inmediata sentida, sino una historia contada por nuestro crítico interno, una invención de nuestra imaginación. Pero, a diferencia de la maldad básica, la bondad básica puede ser experimentada concretamente cuando nos abrimos y conectamos con la vida de forma incondicional.

Todos nuestros puntos de referencia están en un continuo proceso de cambio.

Jamás podremos alcanzar una posición o una identidad inexpugnable que nos garantice la felicidad y la seguridad. ¿Dejaremos que esto nos deprima o aprenderemos a bailar con ello?

La depresión es la pérdida de corazón que acompaña a nuestro rechazo del flujo insondable de la vida. Pero en el núcleo mismo de esa condición —en la desnudez, vulnerabilidad y conmoción en que se asienta— sigue alentando nuestra salud esencial. Por esto, al igual que ocurre con toda psicopatología, la depresión no es una mera enfermedad que deba ser erradicada, sino una auténtica oportunidad para despertar nuestro corazón y profundizar nuestra conexión con la vida.

 

Blanca López de Etxazarreta. Psicóloga Transpersonal.

(Síntesis inspirada en la obra de John Welwood)