LA ADICCIÓN

LA ADICCIÓN

Nuestra sociedad es una fábrica de adictos.

Nuestra sociedad es una fábrica de adictos. Vivimos en un sistema superficial en el que nuestros valores son altamente comerciales y se apoyan en: “Tanto tienes, tanto vales” y casi nadie piensa que esto puede ser de otra manera.

La adicción está relacionada con nuestro sometimiento al bombardeo incesante de publicidad, en el que se nos vende la engañosa idea de que la felicidad está al alcance de todos, solo por el hecho de comprar tal cosa o pensar de una manera determinada. Se trata de una felicidad que se consigue sin esfuerzo ni trabajo, y que al parecer se halla escondida bajo una marca o un modelo de vida. Nuestra sociedad excluye el sufrimiento, el dolor y la vejez, huyendo de ello, y corriendo veloz hacia el confort, la seguridad y la facilidad.

Si a esto unimos los ritmos de vida y la presión del trabajo cotidiano, será muy comprensible que el agobiado ser humano busque y encuentre una sustancia u otra posibilidad que, por muy dañina que a largo plazo parezca, decidirá “tomarla” a fin de sentirse ayudado a soportar su modelo de vida.

Siendo plenamente conscientes, podemos decir que la adicción es un verdadero problema social. Un problema de apariencia menor, que cada uno debe enfrentar en su propio ámbito y desde ahí, extrapolarlo a la sociedad.

 

¿Qué dice la Biología sobre las adicciones?

El mamífero tiene una tendencia biológica a buscar el placer. Y si alguna vez nos resistimos y no sucumbimos al mismo, será porque hemos comprendido que no nos conviene o que la educación tradicional lo prohíbe y sentimos temor inconsciente ante el castigo. Este temor puede paralizarnos, inhibir nuestra acción, y provocarnos frustración. Y esta frustración no hará otra cosa que conducirnos a la búsqueda de placeres compensatorios, es decir de “placeres recompensa”.

En realidad si una persona se encuentra en un estado de frustración, cosa muy frecuente en el modelo de vida actual, corre un riesgo importante de caer en la dependencia. Es ese cigarrillo de más, ese trozo de chocolate de más, o esa copa de más después del gran esfuerzo realizado. Todas estas recompensas artificiales tratan de compensar la acción esforzada, ya que ese placer, dados nuestros valores, no se encuentra en la forma natural de fluir con la vida.

 

¿Qué sucede cuando no podemos huir de esa situación que provoca sufrimiento?

Sucede que se activa un mecanismo de ansiedad. En realidad la ansiedad es “una espera en tensión”. Una espera en la que buscamos una solución y al no encontrarla, insistimos de nuevo hasta el agotamiento y la desesperación.

Hay otro mecanismo que también puede aparecer como respuesta a ese sufrimiento del que no podemos escapar: la depresión. Un estado que surge cuando finalmente vencidos, creemos que no hay solución, y en consecuencia, ya nada puede hacerse.

 

¿Podemos ya entrever la solución a esta cadena de situaciones?

Desgraciadamente las soluciones sucedáneas tales como la huida, la drogadicción, la locura, el suicidio, la violencia… lo que hacen no es sino señalar una situación en la que necesitamos ayuda psicoterapéutica que nos permita resolver nuestro sufrimiento y encontrar una puerta de salida hacia una renovada visión del mundo.

 

¿Qué dice la Psicología sobre las adicciones?

El tradicional enfoque psicoanalítico busca las causas de la adicción en la infancia. Al parecer cuando una serie de necesidades no fueron satisfechas en estas primeras etapas de la vida, o por el contrario, fueron excesivamente dadas, es muy frecuente que exista un factor superior de riesgo a la adicción.

La adicción encubre por lo tanto una regresión a la fase oral del desarrollo del niño, fase situada entre los 0 a los 2 años. Como bien se sabe, es una fase en la que el vínculo que el bebé establece con el mundo es a través del pecho de la madre, pecho o biberón con el que se establece una relación simbiótica como única fuente de alimento y satisfacción.

En ese momento para el bebé, no existe nada más que el alimento, y la idea de perder esa fuente nutricia lo aterroriza. Extrapolando el tema al campo de la adicción, cuando un adicto consume una sustancia se afirma que, en cierto modo, regresa a ese momento en el que era un bebé y succionaba alimento.

En realidad la adicción es una fijación que anhela volver a vivir el estado de conciencia unitivo y satisfactorio producido por la relación amorosa entre madre y bebé. Desde esta perspectiva, la adicción es una búsqueda de amor.

El enfoque de la medicina hindú, señala como causa de la adicción, la ausencia de la alegría natural de la vida, y la consiguiente necesidad de buscar un estado emocional diferente al que habitualmente se padece. En cualquier caso, se trata de una no asunción o gestión responsable de la propia vida en la búsqueda del bienestar.

Y desde la visión Transpersonal, la adicción señala una búsqueda con trasfondo espiritual. El adicto, desde esta perspectiva, trata de alterar su psicocuerpo con determinadas sustancias porque no soporta el vacío que su mente percibe en la vida cotidiana. El adicto no encuentra el sentido que precisa para vivir en el equilibrio dinámico de aquel que ya sabe aprender de cada fracaso o malestar. Algo que sin duda le lleva a buscar estados mentales y emocionales que tapen su búsqueda frustrada de sentido y motivación existencial.

Desde esta perspectiva Transpersonal el adicto es un ser con una sensibilidad tal, que le lleva a buscar desesperadamente un estado de plenitud, un estado de paz o bienestar, pero realizado en la dirección incorrecta, ya que el peregrinaje por las sustancias psicoactivas aunque aminore momentáneamente el vacío que padece, no hace sino enredarlo más en una dependencia obsesiva y desequilibradora.

 

¿Qué es la dependencia?

Podemos afirmar que nacemos dependientes. Para poder sobrevivir necesitamos a los demás. Y sucede que a medida que vamos creciendo, vamos a su vez adquiriendo autonomía física y emocional, es decir, cierta independencia progresiva. Pero este desarrollo no siempre funciona así. Por ello, no es sorprendente encontrar personas que, incluso en edades avanzadas, siguen siendo dependientes.

Cuando esto sucede, indicará que algo ha fallado en alguna de las etapas esenciales para la adquisición de la autonomía. En muchas ocasiones la dependencia encubrirá un problema de aprendizaje o una distorsión en el modelo ejemplarizante. Un hijo de alcohólico por ejemplo, puede caer en el alcoholismo, tanto por haber visto repetidamente la conducta del beber, como por no haber aprendido a hacer frente a las dificultades de otra manera que no sea bebiendo.

De todas formas la responsabilidad es del dependiente que no ha podido liberarse, y es a él a quien corresponde hacer el esfuerzo necesario para superar las dificultades y descubrir el aprendizaje que subyace detrás de éstas.

Se puede ser dependiente a muchos objetos de adicción como por ejemplo: alcohol, tabaco, droga, enamoramiento, televisión, comida, juego, trabajo, deporte, sexo, relaciones, alimentación… Siendo rigurosos, se considerará adicción en el momento en que ese producto, persona o situación, se convierta en un “escape” y en una pauta continuada de no afrontamiento.

En realidad detrás de cualquier actividad o sustancia objeto de adicción, se esconde la búsqueda de un estado mental diferente al ordinario, un estado de presión que nos toca gestionar para reconvertir y superar. En el fondo se es más adicto al estado que aporta determinada sustancia, que a la propia sustancia o acciones por sí mismas. Somos más adictos al estado de embriaguez que al alcohol. Buscamos estados metales y emocionales, aunque digamos que nos gusta la sustancia por encima de lo que produce.

 

¿Pero qué diferencia hay entre la dependencia y la adicción?

La dependencia es incapacidad de disfrutar de la vida, sin que esté presente esa sustancia o acción. La dependencia es ante todo un sufrimiento, y el dependiente es un sufridor. Su hipersensibilidad, su dificultad visceral para hacer frente a la vida y soportar el dolor natural de la misma, activa una tendencia a su autodestrucción. Una tendencia que propicia la huida permanente de la dificultad, y una búsqueda de soluciones manipulando fuera de la íntima gestión personal. Todo esto hace que la persona se refugie en un producto o situación como forma de buscar protección y alivio. Desgraciadamente con la repetición se irá conformando una necesidad irrefrenable, con la consiguiente obsesión o compulsión hacia aquello que aparentemente le libera de la insoportabilidad de su estado natural. En este momento, nace la adicción.

Es frecuente ver cómo el adicto, a menudo se sorprende haciendo algo como si no fuese él mismo el que lo hubiese hecho. La mano se le va sola, el cigarrillo se enciende sólo, el vaso se bebe sólo,… es decir, que el adicto se sabotea la consciencia y la posibilidad de elegir en todo momento lo que quiere de la vida, anulando pequeños momentos de consciencia, y dejando en automático aquellas acciones que de alguna forma lo culpabilizan y cuestionan.

Sin esa ingerencia o acción, el adicto se siente incompleto, la angustia lo devora. En realidad vive sometido, y sobrevive sabiéndose esclavo de su adicción.

 

¿Qué se entiende por conducta adictiva?

Las conductas adictivas se caracterizan por la capacidad que tienen en un principio para producir gratificación inmediata o alivio de algún malestar. Pero posteriormente, tras un plazo que varía para cada una de ellas, sucede que esclavizan al sujeto que se siente obligado a repetirlas, a pesar del malestar que le están ocasionando.

Esta es la paradoja del alivio o euforia que producen estas sustancias, un alivio que no tarda en retirarse, abandonando a la persona y dejándola en un estado todavía más doloroso y depresivo que antes de la ingestión. Lógicamente y de no tratar tal causa raíz, el adicto volverá una y otra vez, buscando salir de esta desesperación creciente.

 

¿Qué hay detrás de una adicción? ¿Cuál es la causa?

En verdad que el adentrarse en lo que subyace detrás de cualquier tipo de adicción puede inspirar profunda compasión, pues detrás de las adicciones está en la mayoría de los casos, el miedo y la inadaptación. Miedo al pasado, miedo al futuro, miedo a disfrutar de la alegría del presente, miedo a Ser. En realidad, el adicto es un buscador, pero un buscador desorientado en la ignorancia.

El adicto es un buscador de placer, pero su búsqueda está enfocada hacia el lugar equivocado. Digamos que gestiona la solución mediante una sustancia, mediante la comida, el tabaco, el sexo, el trabajo, el juego… Pero estos elementos externos tan sólo pueden aportar un tipo de satisfacción temporal y dependiente. En realidad, bien sabemos que lo que hacemos depender del mundo exterior puede darnos un breve alivio, a veces confundido con una efímera felicidad. La verdadera felicidad, la dicha y la alegría innata, Esa, sólo podemos encontrarla en lo profundo de nuestra esencia.

 

¿Qué es entonces la felicidad sin causa?

La felicidad es un estado que acontece sin motivo.

La felicidad es aquello que buscamos, incluso por lo que luchamos.

En realidad la felicidad es lo que somos.

Tal y como mencionábamos antes, en el adicto subyace un gran buscador inconsciente de esa felicidad que, de alguna forma, todos anhelamos. Una felicidad que él entrevé en los sucedáneos efímeros que consume. La felicidad propiamente dicha que conlleva la supresión del miedo, es un estado interior sin causa ni condición, un estado que no se puede lograr tan sólo por quererla, y que tiene directamente que ver con nuestra dimensión espiritual.

Reconocemos que además de las necesidades materiales que el ser humano pueda tener, conforme evoluciona y es capaz de percibir sus intuiciones trascendentes, también siente despertar a unas nuevas necesidades espirituales. La psicología transpersonal entiende que ya no es suficiente con resolver los problemas de la personalidad, sino que, sobre todo, en las escalas superiores de la evolución, hay también que alimentar nuestra dimensión espiritual.

Una dimensión que nada tiene necesariamente que ver con la religión. Partamos de la base de que la dimensión espiritual hace referencia a un estado que trasciende la mente dual, al tiempo que abre al perceptor a una especie de centro interior de consciencia que puede percibirse como “Totalidad Una”.

En ocasiones algunas manifestaciones de esta dimensión pueden recordar al llamado: “éxtasis”. Una capacidad humana poco reconocida en la sociedad occidental que lo busca en vano con chutes sucedáneos de laboratorio. Por éxtasis podemos entender una clase de dicha que trasciende la realidad ordinaria en la que vive el ego separado y dual. Y puede decirse que cada correspondiente cultura ha intentado satisfacer esta necesidad de diferentes formas.

En nuestra actual cultura, esas experiencias suelen tratar de satisfacerse mediante la adquisición material y la estimulación sensorial, acciones a menudo compulsivas, y objetivos por los que lucha sin cesar la mente adictiva. El adicto en realidad lo que está buscando, a veces sin saberlo, es la conexión con una realidad más profunda, contentándose momentáneamente con la satisfacción efímera aunque intuya se avecina un callejón sin salida.

 

¿Existen factores de riesgo que predispongan a una persona hacia las conductas adictivas?

Los factores de riesgo que predisponen a la conducta adictiva pueden ser fundamentalmente personales o ambientales. Entre los personales el que más destaca es la inmadurez emocional, un estado desde el que no se encaja la frustración y existe cierta incapacidad para demorar la gratificación. Los factores de riesgo se dan asimismo en personas con ausencia de proyecto de vida o de valores sólidos, con problemas de ansiedad o depresivos…

Entre los factores ambientales puede señalarse por ejemplo, el propio círculo social o familiar que consume, cuando existe una carencia de posibilidades de ocio, o bien cuando se vive en alto nivel de marginación, de paro, etc.

En este sentido se observa que los egos inmaduros cuando enfrentan engaños, pérdidas, incomprensión, conflictos económicos, dificultad de aprendizaje escolar… tienden a la depresión emocional. En esta situación, la persona pretende salir de su hundimiento y no verse afectada, para lo cual utiliza un sucedáneo rápido como forma de salir, consumiendo alcohol, mucho tabaco y otras sustancias, con las que cree librarse de las dificultades.

Esta evasión no siempre se realiza mediante consumo de drogas, sino también hace su aparición en otro tipo de adicciones como:

  • Comer demasiado.
  • Pasar mucho tiempo en los videojuegos.
  • Jugar y apostar.
  • Comprar.
  • Ver televisión.
  • Realizar colecciones de manera obsesiva.
  • Etc…

 

¿Puede haber adicciones positivas?

Si consideramos la adicción como “afición” a algo gratificante, y la persona no se ve obligada por ello a renunciar a otras formas de obtener placer, puede decirse que hay adicciones positivas. El ejercicio físico o el deporte por ejemplo, pueden ser consideradas como adiciones positivas.

Pero atendiendo el famoso dicho de Paracelso:

“Un gramo cura. Gramo y medio mata.”

Es la cantidad y nuestra relación con la sustancia o acción, lo que definirá esta conducta como sana o dependiente. Por ejemplo, el café que en un principio no está considerado como una droga, puede causar también problemas serios de adicción.

 

¿Cuál es el tratamiento en una adicción?

En la primera fase de la terapia, el terapeuta puede soslayar una lucha frontal contra la sustancia u objeto de la adicción, ya que esto puede dar lugar una fuente de frustración, y a una batalla mil y una veces perdida. El terapeuta puede trabajar de forma indirecta, optando por facilitar una expansión de consciencia, al tiempo que acompaña la maduración del sujeto y la reorientación de las motivaciones que le llevan a tan perjudicial “recompensa”.

El terapeuta tendrá que utilizar con mucha prudencia la crítica de la conducta del adicto, así como también el entusiasmo ante sus adelantos, ya que habrá muchas recaídas, y el adicto pasará etapas en las que optará por abandonar la consulta, antes que defraudar a un terapeuta entusiasmado ante sus progresos.

El terapeuta debe mantener la aceptación incondicional, la firmeza en los ciclos ondulantes del proceso, y un cuidado de no justificar sus ingresos por consulta tratando de que su paciente, tenga los resultados esperados, ya que la adicción es un proceso que debe ser tratado de forma integral, y la pera hasta que no esté madura, no caerá por más que el terapeuta aplique las herramientas más sofisticadas de curación.

En realidad, para reorientar las adicciones se requiere de una gran convicción motivadora de que no hay otro camino que trabajar, trabajar y trabajar en uno mismo, sin descanso, y posiblemente de por vida. Algo que sin duda puede suponer tanto una carga como un privilegio que asegura un gran crecimiento. El adicto se ve enfrentado o bien a la destrucción y el sufrimiento, o bien el cultivo sostenido de la propia mismidad.

Veamos algunos puntos clave en el proceso terapéutico de la adicción:

1- Perdón:

Hay dos emociones que acompañan al adicto y que a su vez, dificultan enormemente la superación de la adicción: la culpa y la vergüenza.

La culpa intoxica a la persona que la sufre haciéndola sentir amenazada y merecedora de castigo. Un sentimiento que tenderá a confirmarse saboteando el éxito en cualquiera de las área de su vida y sumiendo al individuo en una frustrante y autodestructiva depresión. Lo cierto es que muchos de esos actos “reprobables” son cometidos de forma automática e inconsciente. Es por ello que la observación y el “darse cuenta” del por qué y desde donde actuamos, hace que la adicción pueda reorientarse.

A menudo convendrá aprender a vivir con la adicción como parte de nuestra sombra, sin auto juzgarnos, y, una vez reconocida y aceptada, quizás un día, se desprenda por sí misma.

Tengamos en cuenta que hemos hecho en cada momento de nuestra vida, no sólo lo que aparentemente hemos elegido, sino también lo que hemos sabido y “podido”, teniendo en cuenta nuestro legado kármico, tanto mental como emocional.

2- Encontrar el aprendizaje que subyace tras la adicción:

“El ser humano que se levanta, aún es más grande que el que no se ha caído”.

Concepción Arenal.

Bien es sabido que aquel que se levanta de una caída, es un ser diferente al que sufrió la caída. Y asimismo sabemos que lo que subyace bajo los aparentes “problemas” que nos acontecen, son oportunidades de aprendizaje y maduración para el alma. En realidad tras las adicciones se revela una búsqueda, una búsqueda para escapar del dolor y abrirse encontrar un estado de mayor bienestar.

El adicto se enfrentará duramente a la propia creación de un ego maduro que sin duda será la mayor obra de arte que hará en su vida. Y para ello, una de las herramientas que podrá utilizar es visualizarse como un diamante pulido, como una obra acabada y perfecta, sin anclarse en las diferentes espirales de fracaso y sufrimiento.

No olvidemos que el poder de la curación, reside siempre en las fuerzas curativas naturales del paciente, y no precisamente en el poder sanador del terapeuta, o bien en una técnica o en un medicamento. La labor del terapeuta es crear las condiciones y señalar con compasión, firmeza y sensatez, los caminos para que la fuerza espiritual y los recursos emocionales del propio paciente se desplieguen.

Recordemos que la llamada resiliencia es la capacidad de una persona para auto superarse y seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores que enfrente en su vida.

Por tanto conviene aprender a ver la adicción como un camino de maduración y una oportunidad de reinventarnos como personas. Desde esta perspectiva que conlleva entender el gran trabajo que lleva aparejada la adicción, el adicto es un héroe que debe asumir su particular drama y hacer el gran juego de su vida.

No hay errores ni recaídas, tan sólo aprendizajes.

3- Conectar con la Alegría esencial:

Conviene indicar que en el proceso que discurre de la esclavitud a la libertad, brota la alegría derivada del regreso a la armonía natural del psicocuerpo, una armonía que teníamos en los primeros tiempos del nacimiento, y que, a lo largo de la vida, hemos ido perdiendo paulatinamente por diferentes condiciones y programas.

Al recuperar simplemente ese estado natural, ya no se necesitarán estimulantes ni sustancia alguna que deba ser comprada, inhalada, encendida ni tragada. En realidad, una vez que evolucionamos y maduramos, nos vamos liberando de la culpa y del reproche, y es entonces cuando podemos descubrir la plenitud natural del vivir.

4- La meditación:

Hemos comenzado este tema indicando que el adicto era un buscador que escapa del estado de insoportabilidad que padece su mente ordinaria, un buscador que a veces, sin saberlo bien, busca mediante sucedáneos la unidad que trasciende a la mente dual.

Hay otros caminos para vivenciar este estado anhelado de Unidad, tan expresado por la tradición de sabiduría milenaria. Caminos a través de los cuales podemos abrirnos al mencionado estado de cotidianeidad supramental, sin necesidad de consumir ninguna sustancia: Uno de los caminos es la práctica de la contemplación meditativa.

Comencemos por reconocer que la mente pensante está siempre hambrienta de cambios, de novedades y de emociones. Esta es la primera forma de adicción que experimentamos ya en la infancia: queremos que se nos entretenga, nos cuesta estar quietos y en silencio, queremos estar siempre jugando, haciendo algo, aprendiendo cosas, acumulando información…

En este sentido la meditación es un método que, practicado asiduamente, nos ayuda a sosegar nuestra mente y descubrir nuestro ser esencial. La práctica de la meditación nos permite convertirnos en observadores de nuestros pensamientos, de nuestras emociones, sentimientos y deseos, sin identificarnos con ellos. Meditar resulta efectivo para la superación de adicciones porque, además de ayudarnos a conciliar nuestra relación con la vida y a reconocer nuestra parte espiritual, calma la ansiedad y abre la mente hacia el encuentro de nuevas soluciones. Una práctica que además capacita a la propia mente para interpretar los problemas de una forma menos egocéntrica y dramática.

Algunos monjes budistas comprometidos con la recuperación de adictos, como por ejemplo Kuppiyawatte Bodhananda Maha Thero, afirman que el 85 por ciento de los adictos se recuperan al introducir la meditación diaria en el proceso. Algo que nos invita a investigar en esta práctica, por otra parte desprovista de ideología y credo, como apoyo del tratamiento psicológico, por sus demostrados efectos liberadores.

En resumen, todo terapeuta que aborde una adicción, no sólo se abrirá a una gran compasión del íntimo drama del adicto, sino que además no cesará de crear una atmósfera de consciencia en el proceso de aceptación y perdón profundo ante los vericuetos mentales que padece el adicto.

 

Blanca López de Etxazarreta. Psicóloga Transpersonal.

(Basado en el libro de Deepak Chopra “Vencer las adicciones”, en el de “Adicciones” de D. Boyd, en investigaciones del Dr. Arnold M. Washton y en materiales didácticos de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal)